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Vivir, dormir. ¿Dormir?. Tal vez soñar. ¡He ahi el obstáculo!

Shakespeare

Carretera perdida. País: EEUU. Intérpretes: Bill Pullman, Patricia Arquette, Balthazar Getty, Robert Blake. Música: Angelo Badalamenti, David Bowie, Marilyn Manson, Lou Reed y otros. Dirección: David Lynch. Año: 1996.

Que David Lynch es uno de los mejores y más originales directores estadounidenses de los últimos veinte años es algo que cada vez menos espectadores y críticos dudan, aunque al realizador de Montana sigan sin faltarle (como a ningún otro) hordas de detractores, en especial aquellos que consideran que el cine (a comienzos del siglo XXI) debe seguir yendo a remolque de la literatura del XIX, con sus relatos perfectamente comprensibles y lineales y rotundamente pulidos y acabados. Tras el bache sufrido en la primera mitad de los noventa (después del éxito televisivo conseguido con Twin Peaks), David Lynch ha recuperado y consolidado extraordinariamente su status como cineasta en los últimos cinco años con dos espléndidas y caleidoscópicas creaciones, auténticas gemas del cine moderno: Mulholland Drive (2001) y Carretera perdida (1996). Creo que estos dos films son los principales causantes de que el adjetivo lyncheano comience a remitirnos a un universo casi tan personal y específico como lo borgeano o lo kafkiano, pongamos por caso. Hace no demasiado, en un foro sobre literatura fantástica, y hablando de la novela de Gustav Meyrink El Golem, clásico del fantástico publicado originalmente en 1915, uno de los participantes escribió que la enigmática obra del autor austriaco se parecía a una película de David Lynch. El comentario me pareció curioso y algo rebuscado, pero no dejaba de ser bastante certero. En efecto: al igual que cuando sentimos que el sistema nos hace girar como peonzas, llevándonos de aquí para allá en medio de la más absoluta falta de humanidad o comunicación, nos viene en seguida a la mente o a los labios el adjetivo kafkiano, cuando estamos ante algo donde de alguna manera se amalgaman la realidad y los sueños, algo en lo que la realidad es intercambiable respecto del sueño (y el soñador es además alguien desgarrado emocionalmente por una pasión o un sentimiento más o menos intenso), en seguida concluimos que estamos en presencia de una historia lyncheana. Pocos artistas (literarios o cinematográficos) cuentan con una personalidad tan marcada como para crear un calificativo de uso casi cotidiano, al menos entre los aficionados al cine y al arte en general.

En definitiva, en 10 años David Lynch ha pasado de ser una interesante (y no pocas veces despreciada) curiosidad o rareza a convertirse en un director de primerísima fila; alguien que ha vuelto a demostrar (o a recordarnos) las infinitas posibilidades del cine como arte y espectáculo no sólo narrativo (para eso ya tenemos la novela o el cuento) sino visual y sonoro.

Con Carretera perdida (film con muchos paralelismos con Mulholland Drive) estamos ante una visión lyncheana aún más poderosa que la que nos mostraba la película más reciente hasta la fecha del director americano. La cinta se inicia de una manera que recuerda algo el comienzo de Mulholland Drive, pero esta vez enseñándonos una nocturna y vertiginosa carretera y creando una atmósfera de imagen y sonido que de alguna manera nos advierte o nos hace presentir que la historia que se nos va a narrar se va a apartar por completo de lo común. Tras los electrizantes títulos de crédito (con la enloquecida carretera y el acompañamiento del turbador I'm Deranged de David Bowie prólogo y epílogo del film), comenzará a desarrollarse ante nuestros ojos una historia a primera vista más o menos comprensible y lineal y que identificamos inmediatamente con una eficacísima película de terror. Pero cuando se lleva avanzada una buena parte del metraje, la historia narrada por Lynch se metamorfoseará en un espléndido relato propio del más típico cine negro, con mujer fatal incluida, la misma Patricia Arquette de la primera parte del film, y cuya renovada presencia en este segundo tramo de la historia nos indicará que estamos ante un nuevo y angustioso rompecabezas lyncheano. Una vez más, y como ya nos sucedía en Mulhoolland Drive, quedaremos desconcertados ante la acumulación de elementos oníricos y la confusión entre realidad y sueño. Pero el soñador Lynch no nos escamoteará algunas claves que serán útiles sobre todo a aquellos espectadores que no acaban de aceptar el hecho de que a las películas del director de Blue Velvet no hay que pedirles mayor linealidad, razón o lógica que a una representación onírica y surreal; por ejemplo: lo desdibujado del personaje interpretado por Patricia Arquette en la primera parte de la historia, su parquedad, su pasividad, su presencia casi nebulosa, nos puede llevar a la conclusión (tal vez acertada) de que se trata de una mujer soñada, una fantasía del personaje central de Carretera Perdida, ese atormentado músico de jazz que abrirá y cerrará la alucinante película de Lynch. Asimismo, en la segunda parte, la continuada aparición de automóviles propios de los años setenta (aunque no estemos en esa década, pues la película también muestra vehículos recientes) es también claramente un elemento incoherente y onírico. O ese motor de potencia imposible, más propio de la exuberante imaginación de un publicista que de la realidad.

Nada más. Si teneis el privilegio de ver en pantalla grande una película que se estrenó hace ya algunos años (no se como andareis de cines decentes en vuestras ciudades, en BCN que quereis que os diga), no se os ocurra llegar un sólo minuto tarde y no es perdais ese acelerado y oscuro introito con fondo sonoro de Bowie, excepcional pórtico de entrada a una historia maravillosa y aterradora. Y Carretera perdida, aunque engancha y sobrecoge a la primera, no es tanto un film para ver como para rever. El cine de David Lynch admite visionados continuados; como un disco que no nos cansamos de escuchar.

Serafín. Marzo 2003


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