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Dolls. País: Japón. Intérpretes: Hidetoshi Nishijima, Miho Kanno, Tatsuya Mihashi, Tsutomu Takeshige, Kyoko Fukada. Dirección: Takeshi Kitano. Año: 2002.

A primera vista, resulta poco menos que increíble (o como mínimo desconcertante) que una película tan maravillosa e intensamente lírica como Dolls sea una creación del mismo director de la atroz y desagradable (aunque en absoluto exenta de interés) Brother.

Brother, la anterior cinta de Takeshi Kitano, nos llevaba a un duro y enloquecido universo de violencia, mutilaciones y ajustes de cuentas; nos introducía en el mundo de los yakuza, especie de gangsters japoneses o mafiosi a la japonesa, trasplantados a Estados Unidos. En Dolls, su última y poco menos que magistral película, podemos rastrear algún guiño del director a Brother: así, uno de los personajes (el que protagoniza la segunda de estas tres desoladas historias) es un viejo y respetadísimo jefe yakuza que rememora el parque donde se encontraba con su amada cada sábado innumerables décadas atrás.

Tampoco falta en esta nueva obra algún elemento de violencia (implícita), aunque ésta nunca nos sea mostrada de una manera directa y explícita como sucedía continuadamente en Brother. Pero el tono de Dolls, esa joyita oriental de delicada y conmovedora dureza, es muy distinto, al margen de las puntuales alusiones al cerrado y violento mundo del interesante director japonés. Envolviéndolas en un celofán de intensísima belleza plástica, y con una poesía y un lirismo que ya sólo parece al alcance de los japoneses (recordemos la excepcional El viaje de Chihiro), Kitaro recupera la tradición de los grandes maestros del cine de su país y nos relata tres historias de amor, pero de un amor punzante, sombrío y desolado, del amor cuando ya no es más que un juguete roto. Los personajes de estos cuentos suaves e inclementes (el joven que acompañará sin descanso a su exnovia infantilizada por un fallido intento de suicidio; el viejo yakuza que increíblemente reencuentra a su antigua amada, que lo ha esperado incansablemente durante cinco décadas; el voluntariamente cegado admirador que logra ver a su adorada y ahora desfigurada cantante pop) matan aquello que aman, como todos los hombres acaban haciendo, según reveló Oscar Wilde. Pero para luego aferrarse entre lágrimas y para siempre al cadáver de lo amado.

Serafín. Marzo 2003


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