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!Luna, si a tu dulce claridad pudiera al menos vagar por las alturas montañosas, moverme en las praderas a los rayos de tu pálida luz y, libre de toda la densa humareda del saber, bañarme sano en su rocio!

Fausto. Primera parte. Goethe.


Vermeer. La Joven de la perla. 1660-65

Salón de lectura
Sala VI

Obras reseñadas

Navegación de verano.Viajes. Josep Pla

Trayecto final. Relatos/Ciencia-ficción. 1975. Manuel de Pedrolo.

Ampliación del campo de batalla. 1994. Novela. Michel Houellebecq.  

 


Navegación de verano (Navegació d'estiu). Josep Pla (1897-1981)

Yo no se si es que me estoy haciendo mayor o qué. Pero cada vez me resulta más grata la lectura de este sosegado librito del rural y emboinado Josep Pla. Casi cada año, al llegar la época veraniega, me lo llevo a Calafell (segunda residencia familiar) y lo releo con aburrido y relajado goce. Es un volumen breve en extensión, muy apropiado para ojearlo en la cercanía del mar, tumbado en la arena o en una de esas luminosas terrazas de la zona comercial, con los ojos llenos de gaviotas y sol y embriagado del aroma marino. Navegació d'estiu es pura y simplemente la descripción de unas marítimas vacaciones: las de dos antiguos camaradas y un profesional del mar (pescador o algo por el estilo) que se reunen en El Mestral, la embarcacion propiedad de uno de ellos para navegar a lo largo de la costa catalana desde el Rosellón hasta las puertas de Valencia. El estival y soleado texto nos habla detalladamente de fenómenos meteorologicos, de trayectos, de poblaciones, de amenas y variadas sensualidades ambientales y gastronómicas. El libro se recrea por ejemplo, en lo bien que se está sobre la cubierta del Mestral no dándole un palo al agua (son vacaciones), en un atardecer en la cercanía de no se que poblacion del litoral, sorbiendo un vasito de whisky. Y de este modo van transcurriendo los dias del apático trio: mañanas tardías, artesanales placeres gastronómicos, alguna que otra conversacion literaria (Ruyra, Espriu), desveladas noches estrelladas en cubierta (whisky en mano), algún sobresalto (un inquietante y desconocido chapoteo nocturno que evoca a Maupassant), el peregrinaje a pie por alguna de las poblaciones recorridas (con alguna prolija nota histórica como la de Peñiscola y su Castillo) y puestas de sol levemente alcohólicas, en las que corre el whisky con elegante moderacion y el lector oye, simpático y musical, el tintineo de los cubitos.
El librito de Pla se detiene sobre todo en las localidades de la llamada Costa Brava (la parte septentrional del litoral de Cataluña) y apenas habla de las que se encuentran entre Barcelona y Tarragona, aunque alude de pasada a Calafell, durante el viaje de regreso.
Y esto es, en definitiva navegacio d'estiu. Lo que se dice emociones fuertes, muchas no hay. Aunque el escenario es constantemente el mar, no estamos precisamente ante una obra de, pongamos Joseph Conrad, tumultuosa y repleta de dilemas morales. Lo único torrencial es, si acaso, algún inesperado y breve aguacero que obliga a nuestros abúlicos protagonistas a refugiarse en la cabina de la nave. Pero el tono general es de absoluta placidez y calma, sólo de vez en cuando interrumpida por alguna amenaza meteorológica no demasiado temible. Nada que ver con Conrad, pero cuidadín porque si estas breves y reposada páginas (que son después de todo, la crónica de un viajecito vacacional del propio Pla) os resultan demasiado agradables, quiza sea porque hayais atravesado ya (sin siquiera daros cuenta) la linea de sombra, esa invisible frontera más alla de la cual la vida y los sentidos se asientan y aposentan como en el fondo de un vaso de precipitados.

Serafín, 2001


Trayecto final (Trajecte final, 1975). Manuel de Pedrolo (1918-1990)    

Este libro de relatos nos prueba que no sólo los anglosajones son capaces de escribir literatura de género. Aunque muchos no se lo acaben de creer, también fuera de Estados Unidos se ha escrito novela negra o ficción científica (Science-fiction). En el ámbito de las letras catalanas, por ejemplo, tenemos a un más que estimable autor que ha creado algunas obras tan intensas y absorventes, algunas de ellas con un sabor tan inconfundible de serie noir (el caso de Joc Brut, por ejemplo), como las de los grandes maestros norteamericanos. Estamos hablando de Manuel de Pedrolo (1918-1990) un autor muy conocido (e incluso leído) por buena parte de los estudiantes de enseñanza secundaria de Cataluña. Y es que no es fácil que un estudiante catalán de bachillerato obtenga su titulito sin haber tenido en algún momento que transitar por la lectura de alguno de los escritos de Pedrolo (al menos cuando yo cursaba el BUP, porque ahora, teniendo en cuenta que te dan el título casi por la cara, no se). No es que estemos hablando de un autor absolutamente imprescindible para la formación de un estudiante de secundaria (aunque su papel en las letras catalanas del siglo XX es más que destacable), pero quizá lo propongan y aconsejen con el (loable) propósito de crear lectores, aparte de bachilleres. Pedrolo cultivó con igual fortuna el género negro o policíaco (o el nombre que quiera dársele) y el de la llamada (por los anglosajones) Science-fiction, término torpemente traducido por ciencia-ficción. Estas historias de Science-fiction que componen Trajecte final son tan atrayentes como puedan ser las de un Asimov o un Clarke, por ejemplo. Con el atractivo añadido de que los escenarios, por una vez, no son los típicos norteamericanos sino zonas reconocibles para un lector de estos pagos como son ciertos barrios y calles de Barcelona o Sant Adrià del Besós. Y esto me parece algo impagable teniendo en cuenta el empacho de nombres y lugares anglosajones tras décadas de literatura de género americana.
Supongo que fuera de Cataluña (incluso en el resto de España) no hay ni dios que conozca o haya oído siquiera hablar de Manuel de Pedrolo, sin excluir a los cuatro gatos aficionados a la ciencia-ficción (entre los que me incluyo yo, ya somos, pues, cinco gatos) que quedan en nuestro país. Pues yo invitaría a los otros cuatro minimos a que dejasen descansar un poquito a Connie Willis o a Stephen J. Baxter (o a Heinlein) y se animasen a descubrir a este interesante y (para muchos) oculto Fredric Brown doméstico. No saldrán defraudados tras este ameno ejercicio de multiculturalismo
.

Serafín, 2001


Ampliación del campo de batalla (1994). Michel Houellebecq (1958)    

Houellebecq abre la puerta de su novela de un puntapié y nos introduce de un empujón en su amargo universo. El primer párrafo del texto ya nos indica por donde van a ir los tiros, por que sendas de desolación y hastío vamos a transitar "me invitaron el viernes por la noche a una reunión en casa de un compañero de trabajo. Eramos por lo menos treinta, todos ejecutivos de nivel medio, entre los veinticinco y los cuarenta años. En un momento dado, una imbécil empezó a quitarse la ropa. Se quitó la camiseta, luego el sujetador, luego la falda, poniendo todo el rato unas caras increibles". El texto de la última sensación literaria francesa supura tedio y asco, pero con un toque algo burlón, irónico, cínico. Es el tono de alguien que ha renunciado a toda redención, la suya o la del mundo, el tono de alguien que mira el objeto que hasta hace poco le había hecho concebir esperanzas con un irónico y despreciativo desdén, con hastiada y burlona decepcion. El objeto es, ni mas ni menos, el mundo que rodea al autor-narrador, el mundo de nuestro tiempo caótico, de nuestro siglo confundido y confuso.
La lectura de este libro, al igual que la de otros libros memorables (recuerdo El tunel de Ernesto Sabato, por ejemplo), resulta absorventemente desagradable. Me lo leí en unas pocas horas, en una única tarde, solitaria y desolada, como el texto. No me era posible abandonarlo, a pesar de su contenido sombrío. Ampliación del campo de batalla apareció por primera vez en Francia en 1994 (aunque la versión española data de 1999, creo), pero el mundo y sus valores (lo de valores es un decir) no se han movido ni un milimetro desde entonces.
Resulta imposible no compartir, al menos hasta cierto punto, el nihilismo creciente del personaje, su cada vez mayor desamparo ante el estado de cosas del mundo que le envuelve. Imposible no pensar que esta sociedad, este mundo es absurdo, o tiene mucho de absurdo. Trabajar todo el dia (entregar el ochenta o el noventa por ciento de la existencia al empleo) para apuntalar y mantener una civilización tecnológica e industrial que en último término tiene escaso sentido ( sino un sentido nulo), ya que sus rutilantes frutos y bienes se nos antojan limosnas miserables que nunca podrán pagar el esfuerzo de vida y tiempo que ha costado producirlos. Una locomotora humeante y enloquecida que usa al propio hombre como leño y combustible: eso es la civilización en el mundo desarrollado. Que nos importa que se mueva o se pare, que se embale o que descarrie o que se vaya al carajo, si hemos de ser nosotros la madera de la que se alimenta su caldera. "La publicidad: chorradas. Chorradas de mierda", piensa con irritación el narrador.

Según Houellebecq, el sexo constituye (tras la jerarquización marcada por el dinero, el éxito profesional, etc), un segundo sistema de jerarquía social. En un sistema económico totalmente liberal, unos acumulan mareantes fortunas en tanto que otros se hunden en el paro y la miseria. Análoga y paralelamente, en un sistema de completo liberalismo sexual, unos llevan una vida erótica múltiple, excitante y amena mientras que otros se ven abocados a la soledad, al onanismo y al autoodio. Es la ley del mercado, que también vale para el sexo. Tisserand, el compañero de trabajo del narrador es un triunfador en el mundo económico y laboral, pero un triste y completo fracaso en el campo sexual (ya que tiene un físico más bien repugnante). Tras una copa de más se le escapa una metáfora brutal que describe su desoladora situación: "soy un muslo de pollo envuelto en celofán en el estante de un supermercado."

A medida que el lector va pasando páginas, va enloqueciendo junto con su protagonista. El pánico viene de constatar que Ampliación del campo de batalla no es una novela, ni una ficción sino una aborrecible y borrosa fotocopia de nuestra sociedad. Uno de esos textos que te aceleran el pulso y te enfrían el estómago. Hay también una especie de violencia verbal que da algo de miedo. Como cuando el protagonista llama a las estudiantes de psicología pequeñas zorras o argumenta que el principal objetivo de los dentistas es sacarte el máximo número de muelas posibles para comprarse un descapotable. O cuando dice que los psicoanalistas llevan a cabo un excelente trabajo de destrucción del paciente. Y digo que da algo de miedo porque estas cosas no las dice un chavalín de diecisiete años con la cabeza rapada y resentido contra el mundo porque no encuentra empleo o no logra abrirse camino. Sino que las dice un ingeniero agrónomo que ha conocido las mieles del éxito laboral y ahora las del éxito y el reconocimiento literario. Alguien que conoce la cara amable del mundo, alguien que no es un simple resentido.
En cualquier caso, Ampliación del campo de batalla turba al lector porque hace abrirse camino en él la sospecha de que el mundo no es más que una barraca de feria, un vociferío de charlatanes, una manipulación y un engaño continuado, ante lo cual la unica actitud inteligente sea el nihilismo mas radical y acendrado: "desde hace años camino junto a un fantasma que se me parece y que vive en un paraiso teórico, en estrecha relación con el mundo. Durante mucho tiempo he creido que tenía que reunirme con él. Ya no. "

Serafín, 2001


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