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Nada es real... John Lennon

Matrix. Dirigida por: Andy y Larry Wachowski. Intérpretes: Keanu Reeves, Larry Fishburne, Carrie-Anne Moss, Hugo Weaving, Gloria Foster. País: EEUU. Año: 1999.

Visioné Matrix por primera vez hace ya dos años, en 1999, en el momento de su estreno, pero su asunto es algo que no ha dejado de rondarme la cabeza. No es que esta película haya sido la primera en referirse a un tema, por otra parte ya machaconamente abordado, y no sólo a lo largo del siglo XX. ¿Qué tema es ese? Pues el del cuestionamiento de la realidad, algo ya clásico en la ciencia-ficción, al menos en la ciencia-ficción literaria. ¿Es real lo que nos rodea?. De hecho, estamos ante una vieja cuestión filosófica y metafísica. Berkeley ya dijo que la realidad no existía, que ésta no era más que un sumatorio de impresiones sensoriales bajo las cuales no había nada. Para el obispo irlandés, Matrix (podríamos decir) era Dios, su buen viejo Dios judeo-cristiano. Por lo tanto, el cuestionamiento de la realidad ni siquiera es patrimonio de la ciencia-ficción del siglo XX, aunque lo que sí ha hecho ésta, ha sido desarrollarlo literaria y cinematográficamente, en clave moderna y científico-tecnológica, con todo su aparato de metalizadas y futuristas iconografías. Matrix, el film de 1999, entra al trapo de la cuestión y más allá de los tiros, los saltos, la acción machacona, su ruido y su furia, es una película que yo me atrevería a calificar de estimable. ¿Cuál es el planteamiento de partida de Matrix? Pues que la realidad que nos envuelve, la presunta realidad del año actual (1999), no es real, no es más que una realidad virtual desarrollada gráfica e informáticamente, un montón de líneas de código, vaya. Una complejísima aplicación o programa que se desarrolla y ejecuta. Lo apabullante de la cuestión es que la posibilidad técnica de tal desarrollo no parece muy lejana, teniendo en cuenta la actual efervescencia de la ciencia y la técnica informática. Películas como Final Fantasy ya nos hacen vislumbrar a través de una rendija o el ojo de una cerradura lo que se nos viene encima. Pero cuando hablamos de realidades virtuales, de rutilantes y modernísimas realidades bajo las cuales no hay más que un pavoroso cráter o un profundo agujero de pesadilla, no hay que pensar necesariamente que tales mistificaciones sean producto de un quizá malsano desarrollo informático. Quiero decir que un matrix no ha de ser necesariamente técnico ni informático, sino de otro tipo. Y a eso voy.

En el foro de una web sobre cine, y comentando justamente la película protagonizada por Keanu Reeves, un nota se descolgó con que matrix era real y que podia probarlo. Bueno, yo tambien creo que matrix es real, pero no me refiero al producto de un desarrollo informatico que nos enseña la película, si no a un matrix de otra naturaleza, muy diferente pero tan hueco, tan cubridor de realidades oscuras, tan mentiroso y embaucador como el del film: una especie de matrix cultural.

Vivimos envueltos por un sistema económico canibal. La nuestra es una civilización que se cree muy avanzada, pero que en realidad, es una civilización que funciona a pedales, como los cochecitos de juguete. Y los que tienen que pedalear son justamente los ciudadanos. Si no pedaleamos, la bicicleta se cae. La civilización se cae. En ese cansino y tedioso esfuerzo de pedaleo, los sufridos seres humanos (la mayoría, se entiende) gastan la mayor parte de sus dias, semanas y años. En cierto modo, este sistema económico ha colocado al hombre por debajo del gorila. Éste puede llevar vida de tal siete dias a la semana. Y le sale gratis. No tiene que ganarse esa vida. El Homo sapiens ha de llevar vida de buey durante cinco dias, para poder llevar vida de gorila los dos restantes (o el uno o el ninguno restante): tumbarse en el sofá, ver la tele, hacer viajes a la nevera. Hablo, lógicamente de la inmensa mayoría de los ciudadanos del absurdamente llamado mundo desarrollado. Ya no hablo de la mayoría de los atestados seis mil millones de seres, de los que muchos se mueren directamente de hambre o viven en la hacinada e inactiva indigencia.
¿Como sobrevive un tinglado como este?. Pues creando una realidad alucinógena, una realidad ficticia, un tinglado cultural que tape el siniestro agujero en el que ha convertido el mundo el sistema económico vigente en este atormentado (Si, si, atormentado) momento de la historia.

En Matrix, creo recordar, eran unas aborrecibles maquinas las que creaban esa ficticia realidad virtual que los humanos ingenuamente identificaban como la realidad real. En nuestro mundo, la realidad ficticia (el matrix cultural al que me refería) la crean los medios de comunicación y (sobretodo) las agencias de publicidad, al servicio de estados y multinacionales y del entramado empresarial, en general. En una palabra, el sistema. Según esta mentirosa realidad cultural, la humanidad de principos del siglo XXI vive en una especie de cuento carroliano, en una especie de Wonderland en el sentido más blanco y publicitario de la palabra. Pero si hiciesemos el esfuerzo de desvanecer esa mistificación mediática y publicitaria y vieramos lo que se oculta debajo, el alarido que pegaríamos parecería salido de una película de John Carpenter, como mínimo. Más que en un cuento de Carroll, donde en realidad vivimos es en medio de una oscura y tenebrosa parábola kafkiana.
Y aquí es donde esta para mí el valor de Matrix. Simplemente el de recordarnos que lo que nos rodea puede no ser verdad, que lo que nos envuelve pueda no ser más que una fantástica tomadura de pelo de cuatro mercachifles. Matrix divulga masivamente una vieja idea metafísica: la del cuestionamiento de la realidad. Puede ayudarnos a tener presente que hay o puede haber algo más allá de nuestras pequeñas y simiescas narices.

Yo creo que deberíamos dejar de lado prejuicios culteranos y correr al video-club. Y luego reflexionar en el butacón durante unos minutos. Quizá con tan poquita cosa, ya le hayamos dado (desde nuestros diminutos y tambaleantes cuerpecitos) una infantil patadita en la espinilla al sistema. Y ya será algo. Quizá Matrix (nuestro matrix cultural) no nos creía capaces ni de eso.

Serafín. Diciembre 2001

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