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La Pianista. País: Francia-Austria. Director y guionista: Michael Hanecke. Intérpretes: Isabelle Huppert, Benoit Magimel, Annie Girardot, Susanne Lothar.Año: 2001.

Son ya siete las películas que integran la filmografía del pesimista y sombrío Michael Haneke; y en cada una de ellas parece insistir en mostrarnos una visión del mundo ciertamente desoladora. Tres de sus obras para el cine (El Séptimo Continente, Bennie´s video y 71 fragmentos para una cronología del azar) fueron etiquetadas por los críticos como la trilogía de la glaciación; y ese es en efecto, uno de los temas de los que nos ha hablado Haneke en su cine: la glaciación de ese Occidente que con una arrogancia algo absurda se ha autodenominado desarrollado.

Asi, en una cinta como Bennie's video del año1992 (la segunda incursión del director austríaco en la pantalla grande) nos sentimos golpeados al comprobar la indiferencia moral del protagonista adolescente y de la rica y desarrollada sociedad que lo enmarca, sociedad cuyo único contacto con el dolor y el mal tiene lugar casi siempre a través de un monitor, dispositivo que en realidad sólo nos muestra la representación (convenientemente editada y manipulada) de ese mal. La reacción del moralmente gélido adolescente ante el asesinato que inesperadamente acaba de cometer es tan sólo el de una más bien ligera aprensión o inquietud, como cuando uno trae malas notas a casa y no sabe como se lo habrán de tomar sus progenitores (¿qué dirán papa y mamá?... se me va a caer el pelo). Pero los papás darán la cara por el niñito-monstruo (en realidad víctima y producto de una sociedad enferma y moralmente desmantelada) y tras el horror y estupor iniciales, diligentemente trocearán el cadáver de la amiguita, más que nada para no verse señalados como padres de un joven monstruo por el hipócrita mundo que les rodea. Mientras tanto, el colegial responsable del acto incomprensible y atroz, permanece tranquilo en su confortable cuarto-búnker, con su ordenador, su monitor, su video...

En La Pianista, la última producción de Haneke, nos encontramos ante la desacomplejada descripción o insinuación de las ponzoñosas aguas estancadas que pueden existir bajo la cultura y el refinamiento de una mujer representante de la aparentemente límpida sociedad vienesa. Para Haneke, Austria es una sociedad enferma, bajo cuya resplandeciente superficie se agazapan la podredumbre moral y el aleteo de lo oscuro y lo corrompido. Erika, la pianista, sería ante todo un producto-tipo de la porción más excelsa de esta sociedad austriaca, un mundo que podríamos hacer extensivo a toda la Europa rica y desarrollada, de la que España, por cierto, hace ya tiempo que forma parte para bien o para mal.

Erika tiene una sexualidad que podríamos considerar enfermiza y que se centra básicamente en el voyeurismo; claro que esto no es precisamente un rasgo inhabitual y sin ir más lejos, con seguridad más de uno (y más de cuatro) de los que están leyendo estas líneas comparten esa afición: según datos proporcionados por los principales motores de búsqueda, el sexo ha sido siempre, desde los inicios del Internet que hoy conocemos, el concepto más buscado por los internautas; pero esta profesora de piano es también aficionada a la práctica de actos algo más aberrantes que el simple y ordinario voyeurismo, como son la inclinación a autolesionarse, una recóndida y secreta pasión por el sado y sus herramientas, y el ejercicio del maltrato psicológico a sus alumnos.

Aunque no es Erika la única que invita a la reflexión en esta turbadora película de Michael Haneke; por ejemplo si desviamos por un momento nuestra atención del personaje bordado por Isabelle Huppert (quizá la mejor actriz de Europa en estos momentos, dicho sea de paso) y la dirigimos a ese Walter Klemmer, el alumno que intenta seducirla, podríamos hacernos varias preguntas: ¿cuales son las verdaderas intenciones de este Adonis (que adivinamos bien servido) en relación a la madurita Erika? ¿la ama realmente, como él mismo asegura?, ¿intenta entrar en el oscuro juego sado propuesto por la profesora y que tal vez sea una de las pocas experiencias que faltan en una biografía sexual con seguridad generosa? ¿intenta solamente complacer a Erika (condesciende incluso en pegarla, como ella desea), para asi obligarla moralmente a un toma y daca sexual del que él se llevaría la parte más convencional? ¿o en el fondo no es más que un egoista, que con su intento de conquista de la profesora se ha puesto un simple reto personal a mayor gloria de su narcisismo?

La madre de Erika es igualmente un personaje de cuidado; sin duda es responsable, al menos en parte, del desequilibrio (no se si llamarlo asi) de la profesora de piano. La película, dicho sea de paso, nos deja ver indirectamente el pasado de Erika, seguramente muy similar al del presente de esa alumna constantemente presionada y atosigada por su madre (encarnada por la actriz austríaca Susanne Lothar) y que acabará sufriendo en carne propia la íntima y secreta brutalidad de la profesora.

La más excelsa música que ha dado la civilización occidental (la música es una de las pasiones de Haneke), nos acompaña a lo largo de todo este recorrido por el subsuelo cultural y emocional de Erika, que en cierto modo es nuestro propio subsuelo, y ese Schubert y ese Schumann subrayarán la discordia entre la brillantez de la superficie de nuestro mundo y lo tenebroso de aquello que habitualmente se oculta debajo

En su cine, Haneke le pone siempre al espectador europeo las manos sobre los hombros y le susurra que esos Reyes Magos en los que se empecina en creer, en realidad no existen. Y más valdría que nos diéramos por enterados de una puñetera vez y corriéramos a enfrentarnos no solamente con esta Pianista (que es de lo mejor que ha aparecido en el 2001) sino con todas las demás películas del germano-austríaco que estén a nuestra disposición, en vídeo o en pantalla grande.

Y hagámoslo cuanto antes: no vaya a ser que nos acabe pasando como a ese culto y aparentemente equilibrado matrimonio de Funny Games (la película que más me impactó del director austríaco) y recibamos en nuestro cómodo y soleado espacio de confianza y autoengaño la visita del horror, de ese horror que existe ahí fuera y del que sólo conocíamos su insistente y lejana representación.

¿Agregaré que algo de esto último ya nos sucedió el pasado 11 de Septiembre?

Serafín, Marzo 2002

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